lahaine.org

compartir

                          

Dirección corta: https://lahaine.org/eI4n

convertir a:
Convertir a ePub  ePub        Convertir a pdf  pdf

  tamaño texto

  enviar          imprimir


traductor

24/07/2014 :: Nacionales Galiza

[Cast/Gal] Leninismo y liberación nacional / Leninismo e libertaçom nacional

x Mauricio Castro, militante de Primeira Linha
Lenin, que siempre había reconocido los derechos nacionales como principio democrático los integra como parte de la imprescindible acumulación de fuerzas revolucionarias

Castellano

Reproducimos la versión ampliada del texto publicado en la nº 73 de Abrente, publicado por la organización comunista e independentista gallega Primeira Linha en julio de 2014.

La cuestión nacional en el marxismo ha sido objeto de una importante producción teórica que parte de los fundadores, Karl Marx y Friederich Engels, si bien es necesario afirmar que no fue un tema central en ninguno de ellos, ni es la marxista la primera corriente de pensamiento interesada en el asunto. De hecho, fue precisamente a partir de Lenin, y coincidiendo con el desarrollo de la fase imperialista del capitalismo a lo largo del siglo XX, que se produjeron las más importantes contribuciones a la teoría y a las luchas nacionales en las corrientes revolucionarias marxistas.

Yendo brevemente a los inicios, debemos indicar la parcial comprensión de algunas importantes implicaciones del fenómeno nacional y del nacionalismo por parte de los primeros teóricos marxistas y de las otras corrientes de la izquierda en el siglo XIX. Creemos que la importancia de la cuestión nacional parte del origen mismo del capitalismo como modo de producción, en la medida que la explotación, la opresión y el dominio de unas naciones sobre otras constituyen un aspecto de la misma totalidad social y universal: la explotación, opresión y dominio que se da en el interior de una formación social concreta dentro del modo de producción capitalista.

Esto es así en la medida que hoy sabemos bien que el propio desarrollo histórico del capitalismo no podría haber llegado al grado de desarrollo global actual sin la función de intercambio desigual y sin el expolio ilimitado realizado por las grandes potencias capitalistas europeas en relación a sus colonias. Fue eso lo que permitió el avance tecnológico y económico necesario para la universalización del capitalismo como proceso histórico(1) a partir de los estados-nación centrales en que surgió el mundo burgués.

Marx y Engels: La visión a partir del capitalismo avanzado europeo

Es un hecho bien conocido el nacimiento histórico del estado-nación como forma jurídico-institucional al servicio de la expansión mercantil e industrial en el ascenso de la burguesia como nueva clase dirigente, en su largo proceso de afirmación que le permitió rebasar los límites de las viejas relaciones de producción. La substituición primero factual y después legal de la relación salarial entre patrones y trabajadores, el soporte jurídico del estado de derecho como legitimación de las nuevas normas impuestas a la división del trabajo y la necesaria apertura de un mercado único estatal ayudan a entender el avance acompasado entre las nuevas formas de capitalismo y las nuevas formas estatales a su servicio.

Es esa constatación por parte de los propios Marx y Engels en el corazón de la Europa desarrollada del siglo XIX (Inglaterra) que los llevó a definir esa nueva forma estatal como hecho progresivo no sólo en la propia Europa (donde Alemania sufría un retraso socioeconómico reflejado en el retraso en la constituición de la nueva nación unificada), sino también en el resto del planeta. El optimismo con que ambos autores contemplaban la expansión del modelo central europeo a otras regiones del mundo, como Asia o América, explica el apoyo sin reservas a la colonización de la India por parte del imperialismo británico, a la anexión territorial mexicana por parte del joven capitalismo norteamericano o incluso su errática valoración de la figura y del papel de Simón Bolívar. En su visión, la imposición de modelos capitalistas avanzados acordes con el patrón europeo llevaría a las naciones instaladas en modos de producción atrasados a la conformación de proletariados capaces de liderar futuros procesos revolucionarios.

En el caso del continente europeo, el criterio de Marx y, sobre todo, de Engels enfrentarom contradiciones entre la condena de los llamados “pueblos sin historia”, considerados incapaces de protagonizar su propia emancipación y, por eso, condenados a la desaparición por la inexorable imposición del correspondiente Estado-Nación(2), portador del capitalismo; y los que, incapaces hasta ahí de construir su propio Estado, protagonizaban procesos que ambos vieron con abierta simpatía(3). Más allá de su “tradicional” apoyo al movimiento nacional polaco, especialmente significativo va a ser el que le darán al independentismo irlandés. Significativo, no sólo porque contradice su visión mecanicista en relación a las colonias americanas y asiáticas, sino también porque ambos viven en Inglaterra, conociendo de cerca ese conflicto nacional(4), cada vez más agudizado a medida que avanza el siglo XIX, alcanzando formas insurreccionales por parte del movimiento feniano irlandés.

Las sucesivas recomposiciones del capitalismo inglés después de cada crisis, la absorción del movimiento cartista por el sistema, la integración de los otrora combativos sindicatos para limitarse a la lucha por mejoras salariales, las votaciones mayoritarias contra los partidos obreros en la década de los 60... Engels identifica el significativo progreso e integración del proletariado inglés en el capitalismo como resultado del expólio de las colonias. De ahí al apoyo expresado a la “colonia blanca” irlandesa hay sólo un paso que ambos camaradas no tardaron en dar con total claridad, avanzando hacia posiciones de mayor coherencia con los objetivos liberadores del marxismo.

Implacable frente al cosmopolitismo y a las tesis proudhonianas de despreciar cualquier conflicto nacional como “prejuicio anticuado”, Marx escribe a Engels en 1866, comentando la discusión en un encuentro entre diferentes corrientes obreras en Londres, en el cual algunos franceses defendían la disolución en pequeñas comunas asociadas como alternativa a la conformación de los modernos estados: “Los ingleses se rieron mucho cuando empecé diciendo que nuestro amigo Lafargue y otro que acababan de abolir las nacionalidades, nos hablaban en francés, es decir, un idioma que no comprendían las 9/10 partes del auditorio. Después sugerí que por negación de las nacionalidades, Lafargue parecía entender, muy inconscientemente, la absorción de ellas en la ejemplar nación francesa”(5).

Finalmente, ¿los obreros tienen patria?

No es objeto de estas líneas abordar la posición de Marx y Engels en la cuestión nacional, pero creemos importante haber presentado algunos trazos generales, ya que constituyen la base sobre la cual Lenin irá a construir su propia teoría y práctica. Por eso es por lo que creo útil abordar, aunque sea de manera breve, la famosa polémica sobre la posición de Marx frente a la relación entre los obreros y la patria.

Diferentes autores y movimientos políticos, sobre todo a lo largo del siglo XX, han interpretado de manera diversa la sentencia marxiana, contenida en el Manifiesto Comunista, según la cual “Los obreros no tienen patria”.

Según Horace B. Davis, estudioso de las relaciones históricas entre socialismo y nacionalismo(6), algunos interpretaron la afirmación de Marx como “pura retórica sarcástica”. Sin embargo, tomándola en serio, admitiría tres interpretaciones:

1. La incapacidad del proletariado para desarrollar cualquier cultura nacional debido a la posición de extrema explotación que padece en el capitalismo.

2. El proletariado solo “tendrá patria” cuando tome el control del Estado a través de un proceso revolucionario, de ahí que “aún no tenga patria”.

3. La clase obrera es por definición “internacional”, por lo tanto es irrelevante su adscripción nacional. Este argumento se identificaría com la visión defendida por Bakunin, no por Marx, en el seno de la I Internacional.
La interpretación que hagamos tiene su importáncia, por cuanto afecta a la necesaria distinción entre internacionalismo y cosmopolitismo. Siendo indudable el carácter internacionalista del marxismo desde su nacimiento, tanto Marx como Engels combatieron las posiciones cosmopolitas en el seno de la I Internacional, como de manera breve apuntamos en los dos ejemplos arriba reproducidos. O sea, internacionalismo no significa indistinción o disolución de las identidades nacionales.

Es verdad que la asunción de las luchas nacionales tiene en Marx y Engels límites en parte dependientes de su “creencia” en el patrón de desarrollo “progresivo” acorde com el modelo europeo hasta la revolución socialista. De ahí deriva también su preferencia por los grandes espacios estatales como articulación del internacionalismo entre pueblos industrializados avanzados. Sin embargo, también es verdad que la evolución del pensamiento de ambos teóricos de la revolución los llevó la una cada vez más firme asunción de las luchas de los pueblos oprimidos y en ningún caso defendieron la desaparición de las naciones como característica de la futura sociedad comunista.

Entre las limitaciones objetivas que marcaron los abordajes del problema nacional por parte de Marx y Engels, habrá que tener en cuenta que, si bien su obra apunta la tendencia del movimiento del capital hacia la concentración y hacia la mundialización, ninguno de ellos asistió al surgimento de los monopolios y de la fase imperialista.

Tras Marx-Engels y antes de Lenin: Entre el chauvinismo y la insuficiente compreensión del hecho nacional

La gran contribución de Lenin fue, sin lugar a dudas, rebasar las carencias de los autores que, siguiendo el marxismo, intentaron realizar una atualización de la compreensión y del programa revolucionario en el plano nacional. Karl Kautsky, Otto Bauer, Gueorgui Plekhanov, Rosa Luxemburgo, Leon Trotsky, Josif Stalin... con muy diferentes grados de compreensión e interpretación del hecho nacional en la nueva fase imperialista, coinciden al protagonizar análisis insuficientes o desenfocadas por diversas causas. Del chauvinismo kautskista, que lo lleva, con el conjunto de la II Internacional, a defender la burguesía de su propio país en 1914; hasta el mecanicismo cosmopolita de Plekhanov, padre de los marxistas rusos, que cree en la progresiva “eliminación de las diferencias nacionales”; el determinismo economicista de Rosa Luxemburgo, que niega cualquier viabilidad nacional a su propio pueblo, el polaco; o el culturalismo de Bauer y los austromarxistas; así como el ecleticismo de Trotsky, a camino entre el culturalismo y el economicismo; y la rígida receta staliniana, caracterizada por la insuficiente distinción entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida(7).

Sin entrar en el desarrollo de las diferentes visiones sobre el asunto en el campo del marxismo, sí queremos destacar que fue en debate con esos autores y autoras, entre otros, así como en la escuela práctica de la trayectoria histórica de 25 años de militancia revolucionaria, como Vladímir Illitch perfiló de más madura teorización marxista para el capitalismo monopolista desarrollado ante sus ojos a lo largo del primer cuarto del siglo XX.

Lenin: las naciones oprimidas como sujetos políticos al servicio de la revolución

Como primera característica del pensamiento de Lenin, ya desde 1903, en que comienza a escribir sobre el asunto, debemos destacar el reconocimiento explícito del derecho de autodeterminación y el rechazo abierto de la opresión nacional. De hecho, el POSDR (Partido Obrero Social demócrata Ruso) se convirtió en ese año en el primer partido marxista en incluir en su programa el derecho a la autodeterminación.

Hasta la Revolución de 1905, podemos afirmar, con el estudioso Javier Villanueva, que la suya es una “defensa pasiva” de los derechos nacionales, con escasa dedicación teórica y una clara desconsideración práctica en cuanto a la importáncia de la resolución del problema nacional en el interior del Imperio ruso(8).

La revolución de 1905 registra una cambio de tendencia, con el protagonismo del movimiento de liberación nacional en Finlándia, donde se registran las mayores movilizaciones. A pesar del debilitamiento del movimiento revolucionario en los años que se siguen a la derrota, a partir de 1912 el factor nacional gana peso táctico en la lucha política nuevamente ascendente contra el zarismo. Los pueblos oprimidos en que no se habían manifestado expresiones de afirmación nacional en términos políticos comienzan a hacer frente a la creciente rusificación forzada de un nacionalismo Gran-Ruso exacerbado, temeroso de perder sus privilegios nacionales.

Lenin, que siempre había reconocido los derechos nacionales como principio democrático, asume ahora una posición activa, integrándolos como parte de la imprescindible acumulación de fuerzas revolucionarias. Es en esta altura y en ese contexto de mayor protagonismo del factor nacional que pide a un “maravilloso georgiano” que elabore un trabajo que pueda servir de base a la orientación política del Partido Bolchevique. El artículo “El marxismo y la cuestión nacional” es concluido en 1913, constituyendo el más importante texto teórico elaborado por Stalin. A pesar de sus carencias, algunas de sus tesis permanecerán como referencia durante décadas para las izquierdas conectadas a la III Internacional post-Lenin, entre otras corrientes políticas (9).

Sin embargo, en el intervalo entre 1913 y la muerte de Lenin, el trabajo de Stalin ni cumplió la tarea para la cual había sido elaborado, ni el propio Vladímir Ilitch lo citó en su cada vez más abundante elaboración teórica sobre la materia. Con todo, sí detectamos aspectos comunes al que va a ser el programa bolchevique hasta 1917, como la ratificación del reconocimiento del derecho de autodeterminación o una rígida negativa tanto a las propuestas austromarxistas como a las federativas del Bund (organización de la izquierda socialista judía en el interior de Rusia). En ambos aspectos, las cosas van a cambiar con la victoria revolucionaria, abriéndose la aplicación de políticas análogas a las propuestas por el austromarxismo (en relación a la enseñanza de la lengua ídich a la populación judia en Ucránia y Bielorrusia) y reconociéndose soluciones de tipo federal a nivel organizativo del nuevo Estado obrero(10).

En otros puntos, las tesis de Stalin discordam de las defendidas por Lenin en los años siguientes. ES el caso del psicologismo (“psicología peculiar”, “fisionomia espiritual” y “comunidad de psicología”, lo llama Stalin) y de la “exigencia” de una tabla cerrada de características imprescindibles para la “catalogación” de una comunidad humana como nacional. Son ellas: “comunidad estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada esta en la comunidad de cultura”. Según el autor del texto, “basta con que falte ni que sea solo uno de esos rasgos, para que la nación deje de ser tal”.

Tan chocante como la “exigencia” del citado “catálogo integral”, que Lenin descarta explícitamente en diferentes escritos sobre el asunto, es la ausencia del que el propio Vladímir Ilitch irá a afirmar como elemento central para el reconocimiento de la nación: La voluntad(11) y, en consecuencia, la existencia de un sujeto político que construye la nación.

Llama la atención también, en la visión de Stalin, la afirmación de que, en Europa Occidental, todos los estados coinciden con espacios nacionales, situando el caso irlandés como única excepción. Contradice así su propia definición dogmática, pues es evidente la existencia de diferentes comunidades nacionales en el interior de la mayoría de los estados capitalistas del occidente europeo. Al contrario, Stalin considera que la Europa Oriental se caracteriza por la existencia de “Estados multinacionales”. Ese diferente tratamiento de los estados occidentales y orientales responde a la exclusión del factor voluntad y, por lo tanto, del carácter político de la afirmación nacional. Eso le permite tanto omitir la existencia de las naciones sin Estado en Europa Occidental como reservar para los imperios ruso y áustro-húngaro la “asunción de la tarea de unificar las nacionalidades en un Estado”. En el caso de Hungria, llega a explicar la construción del Estado-Nación húngaro por ser la nacionalidad magiar “la más apta para la organización estatal” (sic).

Otra característica del nacionalismo explicado por Stalin es la insuficiente distinción entre nación opresora y nación oprimida, igualando ambas en la disputa interburguesa que, en el caso de la nación oprimida, intenta arrastrar a otras clases bajo la bandera de los intereses de la “patria”; una patria que Stalin escribe así, entre comillas.

Coincide con Lenin, sin embargo, al definir la autodeterminación como el derecho a la plena separación, así como, en simultáneo, a la negativa a favorecer a auto-organización del proletariado de cada nación oprimida: “...los obreros están interesados en la fusión completa de todos sus camaradas en un ejército internacional único...”. Solamente después de la llegada al poder del Partido Bolchevique cambiará Lenin su posición en ese terreno, defendiendo la federación tanto a nivel de partido como del nuevo Estado obrero: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, creada en 1922).

También coinciden en el reconocimiento de Suíza como más avanzada democracia burguesa en el abordaje de la diversidad nacional. En el caso de Lenin, llega a ponerla como ejemplo de la solución de la cuestión lingüística, contraponiendo su modelo territorial con el “cultural-nacional” que defendía la corriente austríaca de Otto Bauer(12).

El esquematismo y reducionismo del artículo de Stalin va a ser rebasado en todos los frentes por el desarrollo teórico (y práctico) de la línea política leninista los años siguientes, hasta 1917 y en los años siguintes.

Sin embargo, el paso de Kautsky para el campo burgués con motivo de la Guerra de 1914 acelera la ruptura de Lenin con quien había sido para él un importante referente teórico. La sucesión de acontecimientos y el protagonismo creciente de las luchas nacionales le obligan a elaborar un marco teórico propio los años siguientes.

Perfila con claridad la distinción entre nación opresora y nación oprimida, partiendo de la extensión de la posición de Marx sobre Irlanda, proyectando a la realidad imperial rusa el principio de que ”un pueblo que oprime otro pueblo no puede ser libre”. Denuncia cada vez más abiertamente el nacionalismo opresor ruso y detecta su influencia en el campo popular, así como Marx y Engels habían detectado el británico en el proletariado inglés. Sitúa claramente el movimiento popular como sujeto de la autodeterminación y reafirma el carácter político (no meramente cultural ni económico) del hecho nacional; declara la durabilidad de los fenómenos nacionales contra las teorías mecanistas sobre la dilución de las diferencias entre las naciones y sitúa en el imperialismo la causa para una explosión de lucha en las pequeñas naciones europeas que favorecerán la lucha del proletariado socialista(13).

En el ámbito internacional, apela a la inclusión del principio de autodeterminación en los programas de los estados europeos más avanzados, rompiendo con la inconseqüente omisión de Europa Occidental como escenario de las luchas de libertación nacional y contrariando las tesis del artículo de Stalin.

El año 1917 marca un nuevo paso adelante. Coincidiendo con crisis revolucionaria rusa, Lenin ya ha abandonado la idea de la bondad intrínseca de la integridad territorial del Imperio. Los derechos nacionales son incorporados al programa revolucionario, junto a la reivindicación de la tierra y de los soviets como organismos de nueva democracia popular. Elementos ajenos hasta ahí al programa bolchevique, consigue así ganar simpatías en las poblaciones de las naciones oprimidas, articular la estrategia obrera-campesina y preparar el ascenso de la corriente bolchevique en los órgaos de doble poder a lo largo del año 17.

Sólo como muestra del pensamiento avanzado de Lenin en la comprensión del hecho nacional, entre los númerosos textos publicados durante ese año, destacamos dos ejemplos de su apuesta por el reconocimiento de la nación en términos de sujeto político y voluntad, contra el recetario dogmático de su camarada georgiano posteriormente adoptado por la III Internacional.

“...Lo que es peculiar en Rusia es la gigantescamente rápida transición de la violencia salvaje hacia el más refinado engaño. La cuestión fundamental es la renuncia a las anexiones no de palabra, sino de hecho. Rech aúlla por la declaración de la socialdemocracia de que la incorporación de Courland en Rusia es anexión; lo es toda incorporación de una nación contra su voluntad, sin importar si tiene un idioma propio, siempre que ella se considerarse a si misma como nación diferente. Ese es un prejuicio de los Gran-Rusos, cultivado durante siglos...” (V. I. Lenine. De las Actas de la Conferencia de toda Rusia del Partido Bolchevique. Marzo de 1917) (negrita añadida por mí).

“Será considerado anexionado cualquier territorio, cuya populación, en el transcurso de las últimas décadas (desde la segunda mitad del siglo XIX), haya expresado su disconformidad con la incorporación de su territorio a otro Estado, o con su situación dentro del Estado; tanto si esa disconformidad ha sido expresada en escritos, en resoluciones parlamentarios, asambleas, reuniones municipales u otros organismos similares, en documentos estatales y diplomáticos, surgidos del movimiento nacional en otros territorios, en conflictos nacionales, choques, disturbios, etc” (V. I. Lenin. Obras Completas en español, T. XXVII, p 460. Ed. Akal)

Lenin, la coherencia y el compromiso con las luchas nacionales tras 1917

Hasta aquí hemos visto, de manera esquemática, el desarrollo del pensamiento de Lenin avanzar al ritmo de los acontecimientos políticos, siempre estrechamente conectado al pulso de la realidad y de las necesidades del avance de la lucha revolucionaria.

Podría haber quién pretenda acusar esa evolución leninista de simple oportunismo o instrumentalización de la lucha de los pueblos oprimidos. Sin embargo, creemos que la tendencia fue más bien la contraria. De las declaraciones favorables ajenas de compromiso práctico real de los primeros años, el Partido Bolchevique avanzó, no sin contradiciones e incluso contando con significativas fuerzas proximas del chauvinismo ruso o con escasa comprensión de la importancia de la cuestión nacional. Lenin se situó ahí al frente de la corriente más comprometida con los derechos nacionales de los pueblos oprimidos por el Imperio Ruso y, una vez tomado el poder, su identificación con esas luchas no dejó de aumentar, en contradición con sectores importantes de la dirigencia bolchevique.

De hecho, los primeros años de política revolucionaria en el poder supusieron un salto sin precedentes en el grado de reconocimiento de esos derechos, incluyendo el acceso de docenas de lenguas al sistema de enseñanza, la creación de instituiciones nacionales propias y el reconocimiento de la independencia de Finlándia (1917) primero y de Polonia, Estonia, Letonia y Lituánia la continuación (1918).

También supusieron, en la última etapa de su vida, uno de los motivos del enfrentamiento de Lenin con un sector de la dirigencia del partido, encabezada por el georgiano Josif Stalin (Comisario del Pueblo para las Nacionalidades), en los años 1922 y 1923, con motivo de la política aplicada en Geórgia, pasando por encima de los criterios de los propios dirigentes bolcheviques georgianos(14) para imponer un aparato de Estado centralizado y unificado. En escritos como “Acerca del problema de las nacionalidades o sobre a 'autonomización'”(15) alerta contra la redución de la igualdad nacional a puro formalismo o papel mojado en manos de la burocracia partidaria rusa. Indica las exageraciones de los dirigentes bolcheviques de origen georgiana en esa direción (Staline, Dzerzhinski, Ordzhonikidze...) recordando que “los no rusos rusificados siempre exageran en cuanto a sus tendencias puramente rusas”.

Con sus contradiciones y medidas concretas discutibles al calor de una etapa convulsa marcada por las agresiones permanentes del imperialismo al nuevo poder soviético y la urgente necesidad no concretada de que la revolución se extendiese a nuevos pueblos europeos(16), es indudable el carácter fundante y en muchos aspectos verdaderamente revolucionario de las políticas bolcheviques en cuestión de derechos nacionales, culturales y lingüísticos(17). Principalmente en la primera década de política revolucionaria, fueron adoptadas todo el tipo de medidas inéditas de reconocimiento efectivo de la diversidad a partir de la instauración de 15 repúblicas.

El recorrido vital y político de Lenin le enfrentó a un escenario revolucionario imprevisto por el marxismo “clásico” (el Imperio Czarista), caracterizado por la inmensa diversidad nacional(18), en una etapa de mundialización imperialista y de fuerte irrupción de las luchas nacionales como sujeto político también imprevisto. El olfato político y las convicciones democráticas de Lenin le llevárom a asumir, teorizar y sumar a ese nuevo sujeto al proyecto revolucionario, enfrentándose com las evidentes circunstáncias adversas de un escenario marcado por la guerra civil y la amenaza exterior a la continuidad revolucionaria.

Sin embargo, también se vio obligado a enfrentarse a las carencias del propio Partido Bolchevique en la asunción de las novedosas tesis leninistas en el plan nacional, un Partido Bolchevique mayoritariamente formado por dirigentes y cuadros rusos o rusificados e insuficientemente sensibles al verdadero reconocimiento de los derechos nacionales de las naciones no rusas incorporadas al Estado plurinacional soviético. Fruto del carácter fuertemente centralizado del partido en torno al proletariado propiamente ruso (la mayor parte de las naciones oprimidas por el Imperio Ruso carecían de fuertes movimientos obreros), la revolución fue desde el inicio muy condicionada por ese predomínio.

Hoy es fácil comprobar la razón objetiva de Lenin al preocuparse con la tendencia a la progresiva rusificación por parte de la ascendente burocracia soviética. Con la implosión de la URSS, el resurgimento de movimientos disgregadores dejó en evidencia la subsistencia de luchas nacionales no resueltas en su interior.

Después de Lenine... La lucha nacional al frente en los procesos revolucionarios del siglo XX

El papel histórico de Lenin al frente del movimiento revolucionario mundial en el primer cuarto del siglo XX abrió paso para la compreensión y el lanzamiento de luchas nacionales por todo el planeta. El papel de los pueblos oprimidos en el programa bolchevique, defendido sobre todo por el propio Lenin, fue seguido de la independencia irlandesa, ratificando la posición de Marx ante el conflicto ya a mediados del siglo anterior. Ese fue únicamente el inicio de toda una serie de procesos revolucionarios con protagonismo de los pueblos oprimidos como sujeto político en un escenario internacional caracterizado por la hegemonía imperialista. Revoluciones de fuerte contenido nacional como la china, la vietnamita, la coreana o la cubana, pero también procesos de liberación nacional como el argelino, el angolano, el congolés, etc. Con mayor o menor éxito, el hecho nacional continúa siendo central en las luchas que se dan hoy ante nuestros ojos.

Teóricos como Ho Chi Minh y experiencias como la vietnamita no sólo dieron continuidad a la teorización leninista, sino que también le dieron nuevos perfiles y desbordaron sus limitaciones. Nadie duda hoy de lo acertado de la ruptura del movimiento comunista de liberación nacional en VietNam con el Partido Comunista Francés. Tesis defendida por Ho, por su parte fundador del PCF en 1920, que denunció abiertamente los prejuicios del proletariado de las metrópolis y el papel rentista de los estados coloniales, verdaderos parásitos en relación a los pueblos colonizados(19).

Lo mismo puede decirse de otros revolucionarios a lo largo del siglo XX, entre los cuales únicamente citaremos dos casos destacados: el latinoamericano Ernesto Che Guevara y el africano Patrice Lumumba, ambos asesinados por el imperialismo y seguidores de la teoría leninista de la liberación nacional.

No corresponde en estas páginas abordar las luchas antiimperialistas de liberación nacional a lo largo del siglo XX, pero sí apuntar la vitalidade de las mismas tanto en los marcos de lucha estrictamente coloniales como en los neocoloniales; tanto en la periferia del sistema mundo como en los centros del capitalismo mundial, que en la actualidad atraviesan una profunda multicrisis, confirmando la progresiva decadencia y degeneración de un modo de producción completamente mundializado y crecientemente financerizado.

Sin que eso justifique cualquier exención de la dura tarea de creación de pensamiento propio, tal como el propio Vladímir Ilich se vio obligado a hacer durante su trayectoria militante, creemos imprescindible el estudio intenso y profundizado de su pensamiento aún en nuestros días. Como fuente imprescindible para una adecuada y efectiva aplicación del marxismo a la Galiza del siglo XXI, sin copias ni mímeses absurdas, el leninismo debe formar parte de la munición teórica para la lucha de liberación nacional de naciones oprimidas por el imperialismo como es la Galiza de nuestros días.

Notas

1 Transnacionalización y desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo. Rafael Cervantes et alii. Ed. Tribuna Latinoamericana. Buenos Aires, 2000.

2 Con destaque para los pueblos eslavos del sur (checos, eslovacos, bósnios, serbios, eslovénios...) acusados de colaboracionismo con los Imperios zarista y austríaco contra los levantamientos liberales-progresistas en la propia Austria, Hungria, Polonia e Italia.

3 En una carta a Kautsky en 1882, refiriéndose a Polonia (sometida al Imperio ruso), escribe: “...Liberarse de la opresión nacional es la condición básica de todo desarrollo saludable y libre... no es tarea nuestra disuadir a los polacos de sus esfuerzos para ganar las condiciones de su desarrollo futuro, o decirles que desde un punto de vista internacional su independencia nacional es cuestión completamente secundaria, cuando, al contrario, es la condición de toda colaboración internacional”.

4 Más allá de la intervención en el movimiento obrero inglés, con importante presencia irlandesa, recordemos que la compañera de Engels era de esa nacionalidad.

5 Correspondencia de Marx a Engels. Londres, 20 de junio de 1866.

6 Nationalism & Socialism. Marxist and labor theories of Nationalism te lo 1917. Horace B. Davis, 1967.

7 Un estudio divulgativo de los diferentes autores y autoras marxistas en relación a la cuestión nacional puede ser consultado nuna obra bien conocida en Galiza: Patria o Tierra Nai? Ensayos sobre la Cuestión Nacional, de Michael Löwy. Edicións Laiovento, 1999.

8 Lenin y las naciones. Javier Villanueva, Editorial Revolución, 1987.

9 En Galiza, Castelao y el conjunto del galeguismo primero y del nacionalismo que renace en la década de 60 del siglo pasado después, fai sus las tesis estalinianas en la definición “obetiva” de la nación a partir del “catálogo cerrado” propuesto por el dirigente de origen georgiano.

10 En 1918, la Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado apela a la formación de una federación de repúblicas soviéticas con base en la uniom libre y voluntaria de los diferentes pueblos que a integraran.

11 Sobre todo en sus escritos a partir de 1917, Lenin destaca la voluntad y la autoconsideración por parte de la comunidad nacional en cuestión, manifestada por cualquier vía, como única condición para su reconocimiento como nación.

12 “Notas críticas sobre la cuestión nacional”, V. I. Lenine. 3 de mayo de 1913.

13 “Balance de la discusión acerca de la autodeterminación”, V.I. Lenine, julio de 1916.

14 No puede dejar de indicarse el antecedente de la invasión de la República de Georgia (entonces bajo gobierno menchevique, con independencia reconocida a partir de 1920) por el Ejército rojo en 1921, con acuerdo del conjunto de la direción bolchevique (incluidos Lenin, Stalin y Trotsky), seguida de su sovietización forzada. En nuestra opinión, se trató de una atuación antidemocrática que sentó las bases de los problemas que se siguieron, como la intervención chauvinista-burocrática dirigida por Stalin contra el criterio de Lenin en los años 22-23 o la insurrección dirigida por los mayoritarios mencheviques georgianos contra el poder bolchevique en el año 24.

15 Notas de 30 y 31 de diciembre de 1922, dentro de la “Carta al Congreso” dictada por un Lenin convalesciente a su secretaria entre 23 y 31 de diciembre de ese año.

16 Podría citarse la errática y fracasada decisión de conducir el Ejército Rojo a las puertas de la capital polaca en 1920, como respuesta a la previa invasión polaca del territorio ucraniano. La decisión contó, en la direción bolchevique, con el apoyo de Lenin y el voto contrario de Stalin y Trotsky.

17 Unas políticas que, entre otras cosas, redujeron el analfabetismo en el conjunto de la Unión a la mínima expresión en dos décadas, veiculizando la enseñanza en las lenguas propias que, en muchos casos, fueron escritas por primera vez con su institucionalización por el nuevo poder soviético.

18 Todavía en la actualidad se estima por encima del centenar el número de naciones existentes en el interior de las que fueron fronteras de la URSS.

19 Habrá que recordar que Lenin se enfrentó ya en tiempos de la II Internacional a las tendencias de algunas corrientes socialistas europeas para asumir una “política colonial socialista”, a través de la cual humanizarían los efectos del colonialismo en simultáneo con una “política civilizadora” en relación a los “pueblos atrasados” colonais. En el Congreso de Stuttgart de 1907, el holandés Van Kol, fundador del Partido Socialdemócrata de ese país, llega a preguntar a los antiimperialistas ?¿Quieren renunciar, incluso que sea en el presente, a las riquezas incalculables de las colonias?. El propio Lenine, que reconoce al proletariado europeo como beneficiario en parte del expólio colonial, valora el debate ese mismo año, en su texto “El Congreso socialista internacional de Stuttgart”.

Galego

Reproduzimos a versom alargada do texto de Maurício Castro publicado no nº 73 do Abrente.

A questom nacional no marxismo tem sido objeto de umha importante produçom teórica que parte dos fundadores, Karl Marx e Friederich Engels, se bem é preciso afirmar desde já que nom foi um tema central em nengum deles, nem é a marxista a primeira corrente de pensamento interessada no assunto. De facto, foi precisamente a partir de Lenine, e coincidindo com o desenvolvimento da fase imperialista do capitalismo ao longo do século XX, que se produzírom os mais importantes contributos para a teoria e para as luitas nacionais nas correntes revolucionárias marxistas.

Indo brevemente aos inícios, devemos indicar a parcial compreensom de algumhas importantes implicaçons do fenómeno nacional e do nacionalismo polos primeiros teóricos marxistas e das outras correntes da esquerda no século XIX. Achamos que o relevo da questom nacional parte da origem mesma do capitalismo como modo de produçom, na medida que a exploraçom, a opressom e o domínio de umhas naçons sobre outras constituem um aspeto da mesma totalidade social e universal: a exploraçom, opressom e domínio que se dá no interior de umha formaçom social concreta dentro do modo de produçom capitalista.

Isto é assim porquanto hoje sabemos bem que o próprio desenvolvimento histórico do capitalismo nom poderia ter chegado ao grau de desenvolvimento global atual sem a funçom de intercámbio desigual e sem o espólio ilimitado verificado polas grandes potências capitalistas europeias em relaçom às suas colónias. Foi isso que permitiu o avanço tecnológico e económico necessário para a universalizaçom do capitalismo como processo histórico1 a partir dos estados-naçom centrais em que surgiu o mundo burguês.

Marx e Engels: A visom a partir do capitalismo avançado europeu

É um facto bem conhecido o nascimento histórico do estado-naçom como forma jurídico-institucional ao serviço da expansom mercantil e industrial no ascenso da burguesia como nova classe dirigente, no seu longo processo de afirmaçom que lhe permitiu ultrapassar os limites das velhas relaçons de produçom. A substituiçom primeiro factual e depois legal da relaçom salarial entre patrons e trabalhadores, o sustento jurídico do estado de direito como legitimaçom das novas normas impostas à divisom do trabalho e a necessária abertura de um mercado único estatal ajudam a entender o avanço, a par e passo, das novas formas de capitalismo e as novas formas estatais ao seu serviço.

É essa constataçom por parte dos próprios Marx e Engels no coraçom da Europa desenvolvida do século XIX (Inglaterra) que os levou a afirmarem essa nova forma estatal como facto progressivo nom apenas na própria Europa (onde a sua Alemanha natal sofria um atraso socioeconómico refletido no atraso na constituiçom da nova naçom unificada), mas no resto do planeta. O otimismo com que ambos autores enxergavam a expansom do modelo central europeu a outras regions do mundo, como a Ásia ou a América, explica o apoio sem reservas à colonizaçom indiana por parte do imperialismo británico, à anexaçom territorial mexicana por parte do jovem capitalismo norte-americano ou mesmo a sua errada avaliaçom da figura e do papel de Simón Bolívar. Na sua visom, a imposiçom de modelos capitalistas avançados consoante o padrom europeu levaria as naçons instaladas em modos de produçom atrasados à conformaçom de proletariados capazes de liderar futuros processos revolucionários.

Já no caso do continente europeu, o critério de Marx e, sobretodo, de Engels enfrentárom contradiçons entre a condena dos chamados “povos sem história”, considerados incapazes de protagonizar a sua própria emancipaçom e, por isso, condenados à desapariçom pola inexorável imposiçom do correspondente Estado-Naçom2, portador do capitalismo; e os que, incapazes até aí de construir o seu próprio Estado, protagonizavam processos que ambos vírom com aberta simpatia3. Para além do seu “tradicional” apoio ao movimento nacional polaco, especialmente significativo vai ser o que dam ao independentismo irlandês. Significativo, nom só porque contradi a sua visom mecanicista em relaçom às colónias americanas e asiáticas, mas também porque ambos vivem em Inglaterra, conhecendo de perto esse conflito nacional4, cada vez mais acirrado conforme avança o século XIX, atingindo formas insurreccionais por parte do movimento feniano irlandês.

As sucessivas recomposiçons do capitalismo inglês após cada crise, a absorçom do movimento cartista polo sistema, a integraçom dos outrora combativos sindicatos para se limitarem à luita por melhorias salariais, as votaçons maioritárias contra os partidos operários na década de 60… Engels identifica o significativo progresso e integraçom do proletariado inglês no capitalismo como resultado do espólio das colónias. Daí ao apoio expresso à “colónia branca” irlandesa, é só um passo que ambos camaradas nom demorárom a dar com total clareza, avançando para posiçons de maior coerência com os objetivos libertadores do marxismo.

Implacável frente ao cosmopolitismo e às teses proudhonianas de desprezar qualquer conflito nacional como “preconceito antiquado”, Marx escreve a Engels em 1866, comentando a discussom num encontro entre diferentes correntes operárias em Londres, no qual alguns franceses defendiam a dissoluçom em pequenas comunas associadas como alternativa à conformaçom dos modernos estados: “Os ingleses rírom muito quando comecei dizendo que o nosso amigo Lafargue e outro que acabavam de abolir as nacionalidades, nos falavam em ‘francês’, quer dizer, um idioma que nom compreendiam 9/10 partes do auditório. Depois sugerim que por negaçom das nacionalidades, Lafargue parecia entender, muito inconscientemente, a absorçom delas na exemplar naçom francesa”5.

Afinal… os operários tenhem pátria?

Nom é objeto destas linhas abordarmos a posiçom de Marx e Engels na questom nacional, mas achamos importante termos situado alguns traços gerais, porquanto som a base sobre a qual Lenine irá construir a sua própria teoria e prática. É por isso que acho útil abordar, nem que seja de maneira breve, a famosa polémica sobre a posiçom de Marx frente à relaçom entre os operários e a pátria.

Diferentes autores e movimentos políticos, sobretodo ao longo do século XX, interpretárom de maneira diversa a sentença marxiana, contida no Manifesto Comunista, segundo a qual “Os operários nom tenhem pátria”.

Segundo Horace B. Davis, estudioso das relaçons históricas entre socialismo e nacionalismo6, houvo quem a interpretasse a afirmaçom de Marx como “pura retórica sarcástica”. Porém, levando-a a sério, admitiria três interpretaçons:

1. A incapacidade do proletariado para desenvolver qualquer cultura nacional devido à posiçom de extrema exploraçom que padece no capitalismo.

2. O proletariado só “terá pátria” quando tomar o controlo do Estado através de um processo revolucionário, daí que “ainda nom tenha pátria”.

3. A classe operária é por definiçom “internacional”, portanto é irrelevante a sua adscriçom nacional. Este argumento iria ao encontro da visom defendida por Bakunin, nom por Marx, no seio da I Internacional.

A interpretaçom que figermos tem a sua importáncia, porquanto afeta a necessária distinçom entre internacionalismo e cosmopolitismo. Sendo indubitável o caráter internacionalista do marxismo desde a primeira hora, tanto Marx como Engels combatêrom as posiçons cosmopolitas no seio da I Internacional, como de maneira breve apontamos nos dous exemplos acima reproduzidos. Quer dizer, internacionalismo nom significa indistinçom ou dissoluçom das identidades nacionais.

É certo que a assunçom das luitas nacionais tem em Marx e Engels limites em parte dependentes da sua “crença” no padrom de desenvolvimento “progressivo” consoante o modelo europeu até a revoluçom socialista. Daí deriva também a sua preferência polos grandes espaços estatais como articulaçom do internacionalismo entre povos industrializados avançados. Porém, também é certo que a evoluçom do pensamento de ambos teóricos da revoluçom os levou a umha cada vez mais firme assunçom das luitas dos povos oprimidos e em nengum caso defendêrom a desapariçom das naçons como caraterística da futura sociedade comunista.

Entre as limitaçons objetivas que marcárom as abordagens de Marx e Engels ao problema nacional, haverá que ter em conta que, se bem a sua obra aponta a tendência do movimento do capital para a concentraçom e para a mundializaçom, nengum deles assistiu ao surgimento dos monopólios e da fase imperialista.

Depois de Marx-Engels e antes de Lenine: Entre o chauvinismo e a insuficiente compreensom do facto nacional

O grande contributo de Lenine foi, sem dúvida, ultrapassar as carências dos autores que, seguindo o marxismo, tentárom realizar umha atualizaçom da compreensom e do programa revolucionário no plano nacional. Karl Kautsky, Otto Bauer, Gueorgui Plekhanov, Rosa Luxemburgo, Leon Trotsky, Josif Staline… com muito diferentes graus de compreensom e interpretaçom do facto nacional na nova fase imperialista, coincidem ao protagonizar análises insuficientes ou desfocadas por diversas causas. Do chauvinismo kautskista, que o leva, junto ao conjunto da II Internacional, a defender a burguesia do seu próprio país em 1914; até o mecanicismo cosmopolita de Plekhanov, pai dos marxistas russos, que acredita na progressiva “eliminaçom das diferenças nacionais”; o determinismo economicista de Rosa Luxemburgo, que nega qualquer viabilidade nacional ao seu próprio povo, o polaco; ou o culturalismo de Bauer e os austromarxistas; assim como o ecleticismo de Trotsky, a caminho entre o culturalismo e o economicismo; e a rígida receita staliniana, caraterizada pola insuficiente distinçom entre o nacionalismo da naçom opressora e o nacionalismo da naçom oprimida7.

Sem entrarmos no desenvolvimento das diferentes visons sobre o assunto no campo do marxismo, sim queremos salientar que foi em debate com esses autores e autoras, entre outros, assim como na escola prática da trajetória histórica de 25 anos de militáncia revolucionária, que Vladímir Illitch perfilou a mais madura teorizaçom marxista para o capitalismo monopolista desenvolvido diante dos seus olhos ao longo do primeiro quartel do século XX.

Lenine: as naçons oprimidas como sujeitos políticos ao serviço da revoluçom

Como primeira caraterística do pensamento de Lenine, já desde 1903, em que começa a escrever sobre o assunto, devemos destacar o reconhecimento explícito do direito de autodeterminaçom e o rejeitamento aberto da opressom nacional. De facto, o POSDR (Partido Operário Social democrata Russo) converteu-se nesse ano no primeiro partido marxista a incluir no seu programa o direito de autodeterminaçom.

Até a Revoluçom de 1905, podemos afirmar, com o estudioso Javier Villanueva, que a sua é umha “defesa passiva” dos direitos nacionais, com escassa dedicaçom teórica e umha clara desconsideraçom prática quanto à importáncia da resoluçom do problema nacional no interior do Império russo8.

A revoluçom de 1905 regista umha mudança de tendência, com o protagonismo do movimento de libertaçom nacional na Finlándia, onde se registam as maiores mobilizaçons. Apesar do definhamento do movimento revolucionário nos anos que se seguem à derrota, a partir de 1912 o fator nacional ganha peso tático na luita política novamente ascendente contra o Czarismo. Os povos oprimidos em que nom se tinham manifestado expressons de afirmaçom nacional em termos políticos começam a fazer frente à crescente russificaçom forçada de um nacionalismo Gram-Russo exacerbado, temeroso de perder os seus privilégios nacionais.

Lenine, que sempre tinha reconhecido os direitos nacionais como princípio democrático, assume agora umha posiçom ativa, integrando-os como parte da imprescindível acumulaçom de forças revolucionárias. É nesta altura e nesse contexto de maior protagonismo do fator nacional que pede a um “maravilhoso georgiano” que elabore um trabalho que poda servir de base à orientaçom política do Partido Bolchevique. O artigo “O marxismo e a queston nacional” é concluído em 1913, ficando como o mais importante texto teórico elaborado por Staline. Apesar das suas carências, algumhas das suas teses ficarám como referência durante décadas para as esquerdas ligadas à III Internacional pós-Lenine e nom só9.

Porém, no intervalo entre 1913 e a morte de Lenine, o trabalho de Staline nem cumpriu a tarefa para a qual tinha sido elaborado, nem o próprio Vladímir Ilitch o citou na sua cada vez mais abundante elaboraçom teórica sobre a matéria. Contodo, sim detetamos aspetos comuns ao que vai ser o programa bolchevique até 1917, como a ratificaçom do reconhecimento do direito de autodeterminaçom ou umha rígida negativa tanto às propostas austromarxistas como às federativas do Bund (organizaçom da esquerda socialista judia no interior da Rússia). Em ambos aspetos, as cousas vam mudar com a vitória revolucionária, abrindo-se a aplicaçom de políticas análogas às propostas polo austromarxismo (em relaçom ao ensino da língua ídiche à populaçom judaica na Ucránia e na Bielorrússia) e reconhecendo-se soluçons de tipo federal a nível organizativo do novo Estado operário10.

Noutros pontos, as teses de Staline discordam das defendidas por Lenine nos anos seguintes. É o caso do psicologismo (“psicologia peculiar”, “fisionomia espiritual” e “comunidade de psicologia”, chama-o Staline) e da “exigência” de umha tabela fechada de caraterísticas imprescindíveis para a “catalogaçom” de umha comunidade humana como nacional. Som elas: “comunidade estável, historicamente formada e surgida sobre a base da comunidade de idioma, de território, de vida económica e de psicologia, manifestada esta na comunidade de cultura”. Segundo o autor do texto, “basta com que falte nem que seja só um desses traços, para que a naçom deixe de ser tal”.

Tam chocante como a “exigência” do referido “catálogo integral”, que Lenine descarta explicitamente em diferentes escritos sobre o assunto, é a ausência do que o próprio Vladímir Ilitch irá afirmar como elemento central para o reconhecimento da naçom: A vontade11 e, em conseqüência, a existência de um sujeito político que constrói a naçom.

Dá nas vistas também, na visom de Staline, a afirmaçom de que, na Europa Ocidental, todos os estados coincidem com espaços nacionais, situando o caso irlandês como única exceçom. Contradi assim a sua própria definiçom dogmática, pois é evidente a existência de diferentes comunidades nacionais no interior da maioria dos estados capitalistas do ocidente europeu. Ao invés, Staline considera que a Europa Oriental se carateriza pola existência de “Estados multinacionais”. Esse diferente tratamento dos estados ocidentais e orientais responde à exclusom do fator vontade e, portanto, do caráter político da afirmaçom nacional. Isso permite-lhe tanto omitir a existência das naçons sem Estado na Europa Ocidental como reservar para os impérios russo e áustro-húngaro a “assunçom da tarefa de unificar as nacionalidades num Estado”. No caso da Hungria, chega a explicar a construçom do Estado-Naçom húngaro por ser a nacionalidade magiar “a mais apta para a organizaçom estatal” (sic).

Mais umha caraterística do nacionalismo explicado por Staline é a insuficiente distinçom entre naçom opressora e naçom oprimida, igualando ambas na disputa interburguesa que, no caso da naçom oprimida, tenta arrastar outras classes sob a bandeira dos interesses da “pátria”; umha pátria que Staline escreve assim, entre aspas.

Coincide com Lenine, entretanto, ao definir a autodeterminaçom como o direito à plena separaçom, assim como, em simultáneo, à negativa a favorecer a auto-organizaçom do proletariado de cada naçom oprimida: “…os operários estám interessados na fusom completa de todos os seus camaradas num exército internacional único…”. Só após a chegada ao poder do Partido Bolchevique mudará Lenine a sua posiçom nesse terreno, defendendo a federaçom tanto a nível de partido como do novo Estado operário: a Uniom de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, criada em 1922).

Também coincidem no reconhecimento da Suíça como mais avançada democracia burguesa na abordagem da diversidade nacional. No caso de Lenine, chega a pô-la como exemplo da soluçom da questom lingüística, contrapondo o seu modelo territorial com o “cultural-nacional” que defendia a corrente austríaca de Otto Bauer12.

O esquematismo e reducionismo do artigo de Staline vai ser ultrapassado em todas as frentes polo desenvolvimento teórico (e prático) da linha política leninista nos anos seguintes, até 1917 e mais além.

Entretanto, a passagem de Kautsky para o campo burguês com motivo da Guerra de 1914 acelera a ruptura de Lenine com o que tinha sido um importante referente teórico. A sucessom de acontecimentos e o protagonismo crescente das luitas nacionais obrigam-no a elaborar um quadro teórico próprio nos anos seguintes.

Perfila com clareza a distinçom entre naçom opressora e naçom oprimida, partindo da extensom da posiçom de Marx sobre a Irlanda, projetando à realidade imperial russa o princípio de que “um povo que oprime outro povo nom pode ser livre”. Denuncia cada vez mais abertamente o nacionalismo opressor russo e deteta a sua influência no campo popular, tal como Marx e Engels tinham detetado o británico no proletariado inglês. Situa claramente o movimento popular como sujeito da autodeterminaçom e reafirma o caráter político (nom meramente cultural nem económico) do facto nacional; declara a durabilidade dos fenómenos nacionais contra as teorias mecanistas sobre a diluiçom das diferenças entre as naçons e situa no imperialismo a causa para umha explosom de luita nas pequenas naçons europeias que favorecerám a luita do proletariado socialista13.

No plano internacional, apela à inclusom do princípio de autodeterminaçom nos programas dos estados europeus mais avançados, rompendo com a inconseqüente omissom da Europa Ocidental como palco das luitas de libertaçom nacional e contrariando as teses do artigo de Staline.

O ano 1917 marca um novo passo em frente. Coincidindo com crise revolucionária russa, Lenine já abandonou a ideia da bondade intrínseca da integridade territorial do Império. Os direitos nacionais som incorporados ao programa revolucionário, junto à reivindicaçom da terra e dos sovietes como organismos de nova democracia popular. Elementos alheios até aí ao programa bolchevique, consegue assim ganhar simpatias nas populaçons das naçons oprimidas, articular a estratégia operária-camponesa e preparar o ascenso da corrente bolchevique nos órgaos de duplo poder ao longo do ano 17.

Só como mostra do pensamento avançado de Lenine na compreensom do facto nacional, entre os númerosos textos publicados durante esse ano, salientamos dous exemplos da sua aposta no reconhecimento da naçom em termos de sujeito político e vontade, contra o receituário dogmático do seu camarada georgiano posteriormente adotado pola III Internacional.

“…O que é peculiar na Rússia é a gigantescamente rápida transiçom da violência selvagem para o mais requintado engano. A questom fundamental é a renúncia às anexaçons nom de palavra, mas de facto. Rech anda a uivar pola declaraçom da social-democracia de que a incorporaçom de Courland na Rússia é anexaçom; é toda incorporaçom de umha naçom contra a sua vontade, sem importar se tem um idioma próprio, em tanto ela se considerar a ela própria como naçom diferente. Isto é um preconceito dos Gram-Russos, cultivado durante séculos…” (V. I. Lenine. Das Atas da Conferência de toda a Rússia do Partido Bolchevique. Março de 1917) (negrito incorporado por mim).

“Será considerado anexado qualquer território, cuja populaçom, no transcurso das últimas décadas (desde a segunda metade do século XIX), tenha expressado a sua disconformidade com a incorporaçom do seu território a um outro Estado, ou com a sua situaçom dentro do Estado; quer essa disconformidade tenha sido expressa em escritos, quer em resoluçons parlamentares, assembleias, reunions concelhias ou outros organismos similares, em documentos estatais e diplomáticos, surgidos do movimento nacional noutros territórios, em conflitos nacionais, choques, distúrbios, etc” (V. I. Lenine. Obras Completas em espanhol, T. XXVII, p 460. Ed. Akal)

Lenine, a coerência e o compromisso com as luitas nacionais depois de 1917

Até aqui vimos, de maneira esquemática, o desenvolvimento do pensamento de Lenine avançar ao ritmo dos acontecimentos políticos, sempre estreitamente ligado ao pulso da realidade e das necessidades do avanço da luita revolucionária.

Poderia haver quem acusasse essa evoluçom leninista de simples oportunismo ou instrumentalizaçom da luita dos povos oprimidos. Porém, achamos que a tendência foi antes a contrária. Das declaraçons favoráveis alheias de compromisso prático real dos primeiros anos, o Partido Bolchevique avançou, nom sem contradiçons e mesmo contando com significativas forças proximas do chauvinismo russo ou com escassa compreensom da importáncia da questom nacional. Lenine situou-se aí à frente da corrente mais comprometida com os direitos nacionais dos povos oprimidos polo Império Russo e, umha vez tomado o poder, a sua identificaçom com essas luitas nom deixou de aumentar, em contradiçom com setores importantes da dirigência bolchevique.

De facto, os primeiros anos de política revolucionária no poder supugérom um salto sem precedentes no grau de reconhecimento desses direitos, incluindo o acesso de dúzias de línguas ao sistema de ensino, a criaçom de instituiçons nacionais próprias e o reconhecimento da independência da Finlándia (1917) primeiro e da Polónia, Estónia, Letónia e Lituánia a continuaçom (1918).

Também supugérom, na última etapa da sua vida, um dos motivos do confronto de Lenine com um setor da dirigência do partido, encabeçada polo georgiano Josif Staline (Comissário do Povo para as Nacionalidades), nos anos 1922 e 1923, com motivo da política aplicada na Geórgia, passando por cima dos critérios dos próprios dirigentes bolcheviques georgianos14 para impor um aparelho de Estado centralizado e unificado. Em escritos como “A respeito do problema das nacionalidades ou sobre a ‘autonomizaçom’”15 alerta contra a reduçom da igualdade nacional a puro formalismo ou a águas de bacalhau em maos da burocracia partidária russa. Aponta para os exageros dos dirigentes bolcheviques de origem georgiana nessa direçom (Staline, Dzerzhinski, Ordzhonikidze…) lembrando que “os nom russos russificados sempre exageram quanto às suas tendências puramente russas”.

Com as suas contradiçons e medidas concretas discutíveis no calor de umha etapa convulsa marcada polas agressons permanentes do imperialismo ao novo poder soviético e a premente necessidade nom concretizada de que a revoluçom se espalhasse em novos povos europeus16, nom há dúvida sobre o caráter fundante e em muitos aspetos verdadeiramente revolucionário das políticas bolcheviques em matéria de direitos nacionais, culturais e lingüísticos17. Principalmente na primeira década de política revolucionária, fôrom adotadas todo o tipo de medidas inéditas de reconhecimento efetivo da diversidade a partir da instauraçom de 15 repúblicas.

O percurso vital e político de Lenine enfrentou-no a um cenário revolucionário num palco imprevisto polo marxismo “clássico” (o Império Czarista), caraterizado pola imensa diversidade nacional18, numha etapa de mundializaçom imperialista e de forte irrupçom das luitas nacionais como sujeito político imprevisto. O olfato político e as convicçons democráticas de Lenine levárom-no a assumir, teorizar e somar esse novo sujeito ao projeto revolucionário, enfrentando as evidentes circunstáncias adversas de um cenário marcado pola guerra civil e a ameaça exterior à continuidade revolucionária.

Porém, também se viu obrigado a enfrentar as carências do próprio Partido Bolchevique na assunçom das inovadoras teses leninistas no plano nacional, um Partido Bolchevique maioritariamente formado por dirigentes e quadros russos ou russificados e insuficientemente sensíveis ao verdadeiro reconhecimento dos direitos nacionais das naçons nom russas incorporadas ao Estado plurinacional soviético. Fruto do caráter fortemente centralizado do partido em torno do proletariado propriamente russo (a maior parte das naçons oprimidas polo Império Russo careciam de fortes movimentos operários), a revoluçom foi desde o início muito condicionada por esse predomínio.

Hoje é fácil comprovar a razom objetiva de Lenine ao se preocupar com a tendência à progressiva russificaçom por parte da ascendente burocracia soviética. Com a implosom da URSS, o ressurgimento de movimentos disgregadores deixou em evidência a subsistência das brigas nacionais nom resolvidas no seu interior.

Depois de Lenine… A luita nacional à frente nos processos revolucionários do século XX

O papel histórico de Lenine à frente do movimento revolucionário mundial no primeiro quartel do século XX abriu passagem para a compreensom e o lançamento de luitas nacionais um pouco por todo o planeta. O papel dos povos oprimidos no programa bolchevique, defendido sobretodo polo próprio Lenine, foi seguido da independência irlandesa, ratificando a posiçom de Marx perante o conflito já em meados do século anterior. Esse foi só o início de toda umha série de processos revolucionários com protagonismo dos povos oprimidos como sujeito político num palco internacional caraterizado pola hegemonia imperialista. Revoluçons de forte conteúdo nacional como a chinesa, a vietnamita, a coreana ou a cubana, mas também processos de libertaçom nacional como o argelino, o angolano, o congolês, etc. Com maior ou menor êxito, o facto nacional continua a ser central nas luitas que continuam hoje diante dos nossos olhos.

Teóricos como Ho Chi Minh e experiências como a vietnamita nom só dérom continuidade à teorizaçom leninista, como lhe dérom novos contornos e ultrapassárom as suas limitaçons. Ninguém duvida hoje do acertado da ruptura do movimento comunista de libertaçom nacional no Viet Name com o Partido Comunista Francês. Tese defendida por Ho, por sua vez fundador do PCF em 1920, que denunciou abertamente os preconceitos do proletariado das metrópoles e o papel rendista dos estados coloniais, verdadeiros parasitas em relaçom aos povos colonizados19.

O mesmo pode dizer-se doutros revolucionários ao longo do século XX, entre os quais só referiremos dous casos sobranceiros: o latino-americano Ernesto Che Guevara e o africano Patrice Lumumba, ambos assassinados polo imperialismo e seguidores da teoria leninista da libertaçom nacional.

Nom corresponde nestas páginas abordar as luitas anti-imperialistas de libertaçom nacional ao longo do século XX, mas sim apontar a vitalidade das mesmas tanto nos quadros de luita estritamente coloniais como nos neocoloniais; tanto na periferia do sistema mundo e como nos centros do capitalismo mundial, que na atualidade atravessam umha profunda multicrise, confirmando a progressiva decadência e degeneraçom de um modo de produçom completamente mundializado e crescentemente financeirizado.

Sem que isso justifique qualquer isençom da dura tarefa de criaçom de pensamento próprio, tal como o próprio Vladímir Ilich se viu obrigado a fazer durante a sua trajetória militante, achamos imprescindível o estudo intenso e aprofundado do seu pensamento ainda nos nossos dias. Como fonte imprescindível para umha adequada e efetiva aplicaçom do marxismo à Galiza do século XXI, sem cópias nem mímeses absurdas, o leninismo deve fazer parte da muniçom teórica para a luita de libertaçom nacional de naçons oprimidas polo imperialismo como é a Galiza dos nossos dias.

1Transnacionalización y desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo. Rafael Cervantes et alii. Ed. Tribuna Latinoamericana. Buenos Aires, 2000.

2Com destaque para os povos eslavos do sul (checos, eslovacos, bósnios, sérvios, eslovénios…) acusados de colaboracionismo com os Impérios Czarista e austríaco contra os levantamentos liberais-progressistas na própria Áustria, Hungria, Polónia e Itália.

3Numha carta a Kautsky em 1882, referindo-se à Polónia (submetida ao Império russo), escreve: “…Libertar-se da opressom nacional é a condiçom básica de todo desenvolvimento saudável e livre… Nom é tarefa nossa dissuadirmos os polacos dos seus esforços para ganharem as condiçons do seu desenvolvimento futuro, ou dizer-lhes que de um ponto de vista internacional a sua independência nacional é questom completamente secundária, quando, ao invés, é a condiçom de toda colaboraçom internacional”.

4Para além da intervençom no movimento operário inglês, com importante presença irlandesa, lembremos que a companheira de Engels era dessa nacionalidade.

5Correspondência de Marx a Engels. Londres, 20 de junho de 1866.

6Nacionalism & Socialism. Marxist and labor theories of Nationalism to 1917. Horace B. Davis, 1967.

7Um estudo divulgativo dos diferentes autores e autoras marxistas em relaçom à questom nacional pode ser consultado numha obra bem conhecida na Galiza: Patria ou Terra Nai? Ensaios sobre a Cuestión Nacional, de Michael Löwy. Edicións Laiovento, 1999.

8Lenin y las naciones. Javier Villanueva, Editorial Revolución, 1987.

9Na Galiza, Castelao e o conjunto do galeguismo primeiro e do nacionalismo que renasce na década de 60 do século passado depois, fai suas as teses estalinianas na definiçom “obetiva” da naçom a partir do “catálogo fechado” proposto polo dirigente de origem georgiana.

10Em 1918, a Declaraçom dos Direitos do Povo Trabalhador e Explorado apela à formaçom de umha federaçom de repúblicas soviéticas com base na uniom livre e voluntária dos diferentes povos que a integrassem.

11Sobretodo nos seus escritos a partir de 1917, Lenine destaca a vontade e a autoconsideraçom por parte da comunidade nacional em questom, manifestada por qualquer via, como única condiçom para o seu reconhecimento como naçom.

12“Notas críticas sobre a questom nacional”, V. I. Lenine. 3 de maio de 1913.

13“Balanço da discussom a respeito da autodeterminaçom”, V.I. Lenine, julho de 1916.

14Nom pode deixar de indicar-se o antecedente da invasom da República da Geórgia (na altura sob governo menchevique, com independência reconhecida a partir de 1920) polo Exército vermelho em 1921, com acordo do conjunto da direçom bolchevique (incluídos Lenine, Staline e Trotsky), seguida da sua sovietizaçom forçada. Em nossa opiniom, tratou-se de umha atuaçom antidemocrática que sentou as bases dos problemas que se seguírom, como a intervençom chauvinista-burocrática dirigida por Staline contra o critério de Lenine em 22-23 ou a insurreiçom dirigida polos maioritários mencheviques georgianos contra o poder bolchevique em 24.

15Notas de 30 e 31 de dezembro de 1922, dentro da “Carta ao Congresso” ditada por um Lenine convalescente à secretária entre 23 e 31 de dezembro desse ano.

16Poderia citar-se a errada e fracassada decisom de conduzir o Exército Vermelho às portas da capital polaca em 1920, como resposta à prévia invasom polaca do território ucraniano. A decisom contou, na direçom bolchevique, com o apoio de Lenine e o voto contrário de Staline e Trotsky.

17Umhas políticas que, entre outras cousas, reduzírom o analfabetismo no conjunto da Uniom à mínima expressom em duas décadas, veiculando o ensino nas línguas próprias que, em muitos casos, fôrom escritas pola primeira vez com a sua institucionalizaçom polo novo poder soviético.

18Ainda na atualidade se estima acima da centena o número de naçons existentes no interior do que fôrom as fronteiras da URSS.

19Haverá que lembrar que Lenine enfrentou já em tempos da II Internacional as tendências de algunas correntes socialistas europeias para assumir umha “política colonial socialista”, através da qual humanizariam os efeitos do colonialismo em simultáneo com umha “política civilizadora” em relaçom aos “povos atrasados” colonais. No Congresso de Stuttgart de 1907, o holandês Van Kol, fundador do Partido Social-Democrata desse país, chega a perguntar aos anti-imperialistas “querem renunciar, ainda que seja no presente, às riquezas incalculáveis das colónias?”. O próprio Lenine, que reconhece o proletariado europeu como beneficiário em parte do espólio colonial, avalia o debate nesse mesmo ano, no seu texto “O Congresso socialista internacional de Stuttgart”.

compartir

                          

Dirección corta: https://lahaine.org/eI4n

 

Contactar con La Haine

Envíanos tus convocatorias y actividades!

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License    [ Clave pública PGP ] ::

Principal